artículos

logo-diario-el-pais

Viajes en busca del silencio

Lejos del tráfico, de las multitudes y de los teléfonos móviles existe un turismo cuyo objetivo es huir del ruido

Una de las caminatas meditativas que ofrece Casa Cuadrau en el parque nacional de Ordesa y Monte Perdido, en Huesca.
Una de las caminatas meditativas que ofrece Casa Cuadrau en el parque nacional de Ordesa y Monte Perdido, en Huesca. 

El silencio es un sonido. Se escucha cuando no se oye nada, ni un tintineo, ni un segundero, ni un teclado. Las ciudades y sus ruidos atrofian el oído… y el ruido está en todas partes. En cláxones y conversaciones, en pantallas y altavoces, en lo que comemos y olemos. Viajar es escapar. Y escapar no es solo huir del estrés. El turismo de silencio regala salud y crece. Desde hoteles que no permiten llevar los móviles conectados en sus espacios comunes, como el Goring de Londres, hasta trenes que te llevan bajo el pacto de que no hables; granjas remotas sin cobertura, como Mimos de Arnoia, salas de espera como la Silent Lounge del aeropuerto de Copenhague —un oasis de calma en colores neutros—, templos para retiro de introspección, como el Kagyu Samye Ling, y caminos meditativos, tan antiguos como el silencio. Es un lujo que ya buscan muchos.

Viajar es escapar, y no solo del estrés. Existen hoteles silenciosos, granjas sin cobertura y templos para retiros

“La naturaleza suena, el silencio total no existe, pero es necesario para el descanso de la mente”, dice Daniel Benito Po, uno de los padres de la Casa Cuadrau, un alojamiento en la aldea de Vio (Huesca) que acoge retiros de meditación. “La palabra consume muchísima energía. La contaminación acústica y sensorial de las ciudades tiene consecuencias como el estrés, la ansiedad, la agorafobia y los pitidos en los oídos”, explica. Muchos de sus clientes buscan, por alguno de estos motivos, una plaza en este altiplano del Monte Perdido. “Los acúfenos son un problema frecuente y la meditación puede reducir estos ruidos”, insiste Benito Po.

Propuestas como esta ofrecen permanecer, al menos en determinados momentos del día, en absoluto silencio, “lejos de la tecnología, de los libros, de los teléfonos y de las voces”, dice este profesor. “Comer callado ayuda a saborear con todos los sentidos. Callamos en clase o durante una caminata meditativa. De primeras, puede dar miedo”, explica, “porque asociamos el silencio con estar enfadado o con algún problema”. Pero se trata de un entrenamiento liberador que ayuda a escucharse. “Una vez que la mente se deja libre, esta corre”.

Antes de hacerse profesora de yoga, Cándida Vivalda, que imparte Jivamukti y talleres de meditación en Madrid, buscó espacios para el silencio en Asia. “Esperaba encontrar respuesta a mis inquietudes”, relata. El viaje de Vivalda la llevó al monasterio de Kopan, en Nepal. Allí vivió en silencio durante 12 días. “Hay que liberarse de interacciones y mensajes continuos, de notificaciones que nos exigen estar hablando casi siempre”, dice.

Vista del monasterio de Kopan, cerca de Katmandú, en Nepal.
Vista del monasterio de Kopan, cerca de Katmandú, en Nepal. GETTY

Tíbet o el Camino de Santiago

Hay sitios para el recogimiento en todo el mundo. Desde los templos budistas del desierto del Gobi a los de Ladakh, en el Tíbet. El Camino de Santiago es transitado anualmente por millones de viajeros, y hay monasterios de clausura como el Divino Salvador (en Ferreira de Pantón, Lugo), en plena Ribeira Sacra, que ofrecen retiros de una semana. Y esta misma filosofía, en efecto, se traslada a algunos hoteles, que responden con su oferta a una demanda en crecimiento: desintoxicarse de tecnología. Las cadenas hoteleras Barceló y Vincci ofrecen paquetes de este tipo en algunos de sus alojamientos en Marbella, Sierra Nevada o Chiclana.

Aislarse. Es lo que buscaba Ines Muller, una joven francesa que dejó su puesto de directiva de marketing online. La primera tentativa llegó el pasado verano, cuando aterrizó en una granja en la localidad de Cimo de Vila, cerca de Arnoia (Portugal). Pasó un mes rodeada de animales, filtrando agua de lavanda. Y no fue capaz de volver a la ciudad. “Cuando regresé al ruido, me di cuenta de que necesitaba volver a huir”, explica la joven, de 25 años. Ahora vive y trabaja en esta granja, “es un alivio no tener que lidiar con el estrés de miles de personas”, dice.

El mítico gurú indio Swami Sivananda (1887-1963) escribió: “Siente el silencio, tócalo y saboréalo. El silencio es la música de tu alma”. Es esta filosofía la que inspira a cada vez más viajeros. Y marca tendencia. “La gente se empieza a dar cuenta de la inercia que produce la contaminación sensorial”, explica el dueño de Casa Cuadrau. “Cuando quitamos esos ruidos, empezamos a escuchar el ruido interno. El silencio da espacio y eso da lugar a escuchar lo que nos dice el cuerpo… Esta forma de viajar modifica muchas vidas”.

Y quien no puede huir de las grandes ciudades, al menos puede buscar sus rincones más tranquilos en las guías que la artista Siobhan Wall dedica a Londres, Nueva York, Ámsterdam o París, donde se suceden desde jardines secretos a galerías de arte y salones de té lejos del ruido.

Cuatro trucos de los tailandeses para vivir menos estresados

Que Tailandia sea uno de los destinos de moda no es casualidad. Dado que cada día vivimos con un mayor nivel de estrés, el modo de vida tailandés despierta, por muchas razones, nuestra curiosidad.

Cuatro trucos de los tailandeses para vivir menos estresados

Nos pasamos todo el año deseando viajar. No solo porque supone estar de vacaciones, sino porque son días que dedicamos a descubrir otros lugares, otras formas de vivir y sobre todo, a disfrutar más de cada momento. Así pasamos imágenes de Instagram y pensamos cómo sería estar unos días en un lugar lejano, en uno de esos que parecen transmitir tanta paz.

De hecho, que Tailandia sea uno de los destinos de moda no es casualidad. Dado que cada día vivimos con un mayor nivel de estrés, el modo de vida tailandés despierta, por muchas razones, nuestra curiosidad. Según Vicente Martínez, creador de la firma Thai Room Wellness, si bien “no se puede generalizar, ni mitificar”, lo cierto es que “pero para definir una cultura stress free, tendríamos que contar con muchos de los principios que inspiran la vida tailandesa”.

Martínez relata que solo basta con observar su cotidianidad, “aman la naturaleza, evitan el sol, son refinados al margen de la clase social, hablan bajito y sonríen todo el tiempo”. No solo se trata de una forma de vivir, sino de una forma de ser, puesto que, según el experto, “el concepto wellness está integrado en la vida de los tailandeses de manera espontánea. Viven de manera sencilla con lo que tienen. La aceptación de la realidad que se vive es un antiestrés formidable”.

Aunque se trata de unos valores vigentes, lo cierto es que “es una forma de vida que está en peligro por la masiva llegada del neocapitalismo occidental a Asia”. Quizás la solución sea que nosotros aprendamos de ellos, en vez de al revés. Porque, ¿se puede vivir al estilo tailandés incluso en una gran ciudad de Occidente? Parece que sí, o que al menos puede intentarse si se siguen las siguientes claves:

Cambiar rutinas y lugares

La clave del modo de vida tailandés es sencilla: “La vida es este momento, si lo dejas escapar, dejas escapar la vida”. Es decir, que su máxima es vivir el presente, como en otras filosofías orientales.

Para conseguir este cambio de pensamiento, ayuda cambiar antes algunas rutinas y formas de comportarnos en el día a día. La primera, según Vicente Martínez es respirar mejor. “Inspirar por la nariz, retener unos segundos el aire, soltar por la nariz lentamente y retener con los pulmones vacíos. La clave es conseguir que la retención en la exhalación sea aproximadamente el doble de larga que la inspiración y hacerlo unas 6 veces”. No solo hay que cambiar la respiración, también gestos pequeños y sencillos como sonreír más a menudo, “aunque no haya motivo, incluso si no son amables contigo”, quizás por aquello de que la cara es el espejo del alma.

Dando un paso más, no solo tenemos que cambiar nuestras rutinas, sino también nuestros entornos. En este sentido, el creador de Thai Room Wellness lo tiene claro: las fragancias importan. “La sensibilidad y la abundancia de fragancias, flores y especias naturales han permitido un desarrollo del mundo aromático en todos los ámbitos sociales”, es decir, que podemos mejorar los aromas de nuestra casa o de nuestro lugar de trabajo y mejorar así la forma de interactuar con ellos a diario.

Disfrutar de no hacer nada más que cuidarse

 “En occidente si no estamos ocupados todo el tiempo, sentimos que lo estamos perdiendo. Me maravillan algunos momentos thai en el que simplemente no se hace nada, se pasa el tiempo durmiendo o retozando. Esa aparente indolencia esconde unos secretos maravillosos”, apunta en último lugar Vicente Martínez.

En su opinión la excesiva racionalización de lo que hacemos, a veces mata la experiencia. Por eso si nos cuesta el “no hacer nada”, otra opción es dedicar al menos tiempo a “cuidarnos”. Cosas sencillas como darse un masaje (a ser posible tailandés) cada cierto tiempo y pasar ese tiempo intentando dejar los problemas fuera de la camilla, para disfrutar de la experiencia.

Obviamente, no todo el mundo puede acudir a un centro especializado de forma asidua, por lo que otra opción es crear nuestra propia experiencia thai en casa. Si queremos ponernos en serio, Martínez aporta una serie de indicaciones: Para el olfato, un baño caliente, aromatizado con sándalo o Ylang-Ylang por sus efectos calmantes. Para la vista, unas velas, pétalos de flores o gajos de lima. Para el oído, música thai o música de cuencos tibetanos. Para el gusto, un té herbal, frío o caliente de pandanus, crisantemo, bale fruit o alternativamente de té verde. Otra opción tomar agua de coco y combinarlo una fruta como el mango dulce. Para el tacto, un ‘splash’ con yogur por todo el cuerpo y una ducha. “Y como toque maestro, al salir de la ducha haz una fuerte inhalación de mentol para estimularte y despertar”. Toda una forma de vivir al modo Thai en cualquier lugar.

Conectar mente y cuerpo con yoga y medicación

Marisol Dy Sánchez, especialista en Ayurveda e instructora de Yoga en Tierra del Agua, aporta que para tener un modo de vida más saludable, imitando lo oriental, hay que conectar más con nuestro “Yo Superior”. Para ella, se trata de “esa entidad que todos llevamos dentro y que se asocia a nuestra personalidad. No es el cuerpo, no es la mente. Es algo más profundo en nosotros, que usa el cuerpo y la mente como instrumentos para la experiencia de la vida”.

En este sentido “aprender y practicar meditación aumenta la conciencia del Yo Superior”, ya que es una buena herramienta para “percibir las incontables fluctuaciones de la mente y las emociones”. La experta en Ayurveda matiza que no se trata de algo baladí, ya que “en todo momento generamos energías (buenas o no) a través de nuestras acciones, de nuestras palabras y hasta de nuestros pensamientos, que nos condicionan a determinados resultados”.

Su otra recomendación es practicar yoga, “una disciplina que actúa fortaleciendo y purificando el cuerpo y la mente”. Todo ello sumado a pequeñas acciones que suman cada día a ese equilibrio, como es “buscar el contacto con la naturaleza, contemplar las cosas sencillas en nuestro alrededor, estar presente para el otro, mirarse a los ojos, recibir un buen masaje y, en definitiva, nutrir los sentidos. Poco a poco se va ganando más claridad de pensamiento y eso se reflejará en una alimentación más limpia, un sueño más reparador, un estado de presencia que no se contaminará ante la más mínima adversidad”.

Nuevas experiencias para el paladar

Otra forma de trasladar nuestra mente es hacer un viaje a través del sentido del gusto. La comida tailandesa también está de moda y las razones son ser diversas. Para Juan, que imparte cursos de comida tailandesa en Madrid, la clave de esta gastronomía es que “está basada en conseguir siempre un equilibrio de varios de los sabores fundamentales: salado, dulce, amargo, ácido y picante. En todos los platos nos encontramos mezclas perfectamente equilibradas para que el resultado final sea agradable al sentido del gusto”.

Más allá de que se trate de una dieta que hace un uso más imaginativo de las verduras que la típica ensalada de lechuga, su peculiaridad radica en que “es una cocina más ‘científica’ que las de otros países, ya que hay que saber muy bien qué se está haciendo y por qué, para modificar o improvisar una receta, o si no se cae en el riesgo de romper ese equilibrio”. Es por ello que el experto insiste en que “se trata de una dieta en la que se buscan ingredientes con sabores intensos, aromáticos (y generalmente picantes), ya que los ingredientes con poco sabor o aroma aportarían poco a una receta. La apariencia, el color y el brillo son también factores importantes, ya que se considera que el aspecto de un plato es una parte integral del mismo, no algo añadido”.

Aunque ya tengamos un restaurante tailandés favorito, también podemos intentar practicar en casa. “Aunque es una cocina compleja, no es una cocina complicada, siempre que se tenga disciplina -y medios- para seguir las recetas al pie de la letra. Además, hoy en día no es difícil encontrar ingredientes típicos en cualquier ciudad grande”.

 

Articulo en el PAIS sobre el ensayo de Menos en suficiente de Gustavo Gili.

logo-diario-el-pais

Hay una escasez de la que no se habla y sin embargo define nuestra era: la escasez de atención. La propicia el estado de distracción permanente que impulsan los cada vez más sofisticados medios de comunicación. “Distracción productiva”, lo llama el arquitecto italiano Pier Vittorio Aureli (1973) en su ensayo Menos es suficiente (Gustavo Gili), que acaba de traducirse al castellano. El libro analiza el espacio mínimo que se necesita para vivir, pero también alerta sobre el peligro al que nos aboca la tecnología enganchándonos a trabajos sin horario. Este profesor de Yale y de la Architectural Association de Londres denuncia además el daño causado por el falso ascetismo de Steve Jobs.

La crítica se basa en que la forma de vida que implica todo lo que Jobs ayudó a concebir y producir no tiene nada que ver con la que él llevó. Aureli razona a partir de una imagen legendaria del cofundador de Apple en su casa. Estamos en 1982. Tiene 27 años y abundante pelo. Hace cinco que es millonario. Mira al objetivo sin gafas, sentado en el suelo. La casa está vacía. “Estaba soltero: todo lo que necesitaba era lo que aparece en la foto”, explicó el fundador de la marca que, tras su muerte, logró los mayores beneficios de la historia (48.800 millones de euros en 2015). A su biógrafo Walter Isaacson le confirmó sus prioridades: “Mi vida es sencilla. Tengo una familia y tengo Apple y Pixar. No hago mucho más”.

Es significativo que dos mundos como Apple y Pixar se describan como poco. Steve Jobs, la película dirigida por Danny Boyle con guion de Aaron Sorkin, abunda en esas contradicciones de un Jobs interpretado por Michael Fassbender. Al final, el ascetismo de la escuela alemana de Ulm se convirtió en un estilo –una vestimenta cercana a los electrodomésticos Braun de Dieter Rams– aplicado a Apple de la mano del diseñador Jonathan Ive.

A Aureli se le podría discutir que la casa de Jobs en Los Gatos (California) era un lugar más sobrio que austero. Basta con volver a mirar la foto –una instantánea que ha sido objeto de imitación constante en la Red–. La vivienda estaba efectivamente vacía, pero los magníficos ventanales, la madera del suelo o la moldura junto a la chimenea delatan el espacio burgués de 1.350 metros que en realidad era. Así, no sabemos si Jobs fue un hombre sencillo, pero podemos afirmar que, por lo menos, quiso parecerlo.

Diana Walker, la fotógrafa que lo inmortalizó esa tarde en su casa, fue la retratista de la Casa Blanca para la revista Time durante dos décadas. Por sus objetivos pasaron las vidas cotidianas de varios presidentes: de Reagan a Clinton. También la de Steve Jobs. Hagan una búsqueda en Internet. En todos sus retratos públicos Jobs aparece con poco. En casi todas las fotografías personales está sentado en el suelo. Descalzo, con la famosa taza de té. Generalmente viste vaqueros, con frecuencia su legendario jersey de cuello de cisne negro y solo en las fotos de juventud aparece junto a ordenadores.

La tecnología a la que Jobs dedicó su ascética vida es la que ha interrumpido drásticamente en nuestra existencia cualquier posibilidad de control sobre uno mismo. La era digital afronta ese dramático descenso en nuestra capacidad de concentración. No es que la distracción sea mala, lo que Aureli ve peligroso es que hayamos convertido esa distracción en otra forma de producción “dedicando cada fracción de nuestra vida a trabajar”. Así, aunque recurre al poeta Friedrich Hölderlin para recordar que “donde hay peligro crece también lo que nos salva”, concluye que “la esquizofrenia de emparejar los recortes al Estado de bienestar con el estímulo al consumo individual define nuestro universo”. La innovación vacía de valores humanos es una de sus consecuencias.

 

UN ARTICULO INTERESANTE DE OSCAR TORRES

http://tuvidasencilla.com/2015/11/10/vivir-despacio/


logo-diario-el-pais

En la era de las redes y las conexiones, de los links y la instantaneidad comunicativa, la peor tragedia cotidiana es tener que escuchar que el teléfono marcado está desconectado o fuera de cobertura, que alguien tarde demasiado (es decir, dos días) en contestar un correo electrónico. Y la pérdida de conexión equivale a la muerte comunicativa, donde uno queda al margen de las oportunidades vitales. Si el fallo o la lentitud en la conexión los experimentamos como un verdadero drama es porque la comunicación inmediata forma parte de las posibilidades que damos por supuestas en una sociedad de la instantaneidad interactiva.

El éxito de la metáfora de la Red para describir la sociedad contemporánea se debe a la omnipresente realidad de la conexión. La conectividad es vista como un multiplicador de las actividades y de las oportunidades. El estado de conexión permanente se ha convertido en nuestra normalidad cotidiana. La obligación de estar conectado vale para todos los ámbitos de la sociedad: para el cultivo de la amistad, para la comunicación en la familia, para las organizaciones, la ciencia o los movimientos antiglobalización, para los niños a los que en una edad muy temprana pertrechamos con un móvil.

No llevamos bien la desconexión porque sentimos que nos estamos perdiendo algo
La conectividad es tanto un imperativo técnico como moral. Se trata de estar siempre integrado, disponible, accesible. No llevamos bien la desconexión porque estamos psicológicamente configurados con la sensación de que nos estamos perdiendo algo, sin argumentos para frenar la multiplicación de los contactos y apremiados por la exigencia de rendimiento continuo. No estar al alcance de los demás o resistirse a ciertas redes es toda una rareza. La conexión ha sido la clave de las oportunidades personales y la fuente de la riqueza para las naciones. La desigualdad digital se ha planteado como un problema de desigualdad en el acceso y no tanto a la capacidad efectiva de hacer algo con tales tecnologías.

Ahora bien, en menos de veinte años hemos pasado del placer de la conexión a un deseo latente de desconexión (Francis Jaureguiberry). Del mismo modo que el ocio y la pereza fueron reivindicados en la era del trabajo o el decrecimiento en medio del éxtasis del crecimiento y la aceleración, han ido apareciendo en los últimos años diversos elogios de la desconexión. Las reivindicaciones de un derecho a desconectar se han venido sucediendo a medida en que eran más visibles los inconvenientes y las patologías de la hiperconectividad. Aumentan los diagnósticos que hablan de una verdadera dependencia provocada por el exceso de interpelaciones y la sobredosis comunicativa.

¿A qué se debe este malestar que surge allí donde hasta hace poco celebrábamos una verdadera orgía del contacto y la accesibilidad? De entrada, al hecho de que el imperativo de la conectividad es una forma de poder, una imposición que exige de nosotros disponibilidad continua. El hecho de no responder inmediatamente al teléfono, por poner un ejemplo cotidiano, es algo que ahora debemos justificar. El imperativo de la inmediatez comunicativa se ha convertido en una estrategia de abreviación de los plazos y generación de la simultaneidad, lo que incrementa la aceleración general y la cantidad de cosas que podemos (y debemos) hacer. Pensemos en el teletrabajo, que en pocos años ha pasado de ser una liberación a experimentarse como una maldición. Donde rige la teledisponibilidad permanente, la urgencia se contagia hasta el espacio privado, que ya no resulta protegido por la distancia física.

Existen aplicaciones que bloquean las redes sociales cuando uno quiere no ser interrumpido
El exceso de conectividad se vive subjetivamente como una carga porque el impulso de comunicar y expresar nos está situando fuera de todo autocontrol subjetivo. Seguramente hemos traspasado ya el umbral a partir del cual el networking se convierte en overlinking, la complejidad resulta irreductible y la sensación más habitual es la de estar desbordado. Todo ello ha llegado a provocar una náusea telecomunicativa, una fatiga tecnológica que se traduce en un deseo de desconexión, aunque sea parcial.

Cada vez hay más problemas que tienen que ver con el exceso de conectividad: las decisiones se complican cuando intervienen demasiadas personas e instancias; donde esperábamos una crowd intelligence tenemos más bien una conducta adaptativa que dificulta la creatividad personal; hay conexiones siniestras que están en el origen de cierta corrupción (entre los poderes políticos, económicos y mediáticos) y que solo se resuelven desacoplándolos; experimentamos el agotamiento que supone no tener espacios libres de conexión o la obligación de estar siempre localizables… La idea de “enredarse” tiene cada vez más connotaciones negativas, que aluden a la pérdida de tiempo, a quedar entrampado, a una omisión de lo verdaderamente importante.

Frente a este malestar, aumentan las estrategias de desconexión. En primer lugar, las de tipo personal, en la gestión de la propia conectividad. El objetivo sería preservar el propio ritmo en un mundo que empuja hacia la aceleración y a defenderse de un ambiente telecomunicacional intrusivo. Algunos reivindican el derecho a hacer una pausa, a no atender todo lo que nos solicita. Aquí cabe mencionar toda una serie de prácticas de desconexión voluntaria que permiten la desintoxicación informativa, como gestionar la atención y reducir el número de las informaciones a las que se hace caso, o modos de rehusar la comunicación continua, como desconectar el teléfono o el correo electrónico mientras se trabaja. Como decía Deleuze se trataría de “crear vacíos de comunicación, interruptores, para escapar al control”. La espera, el aislamiento y el silencio, que habían sido entendidos como una pobreza a la que había que combatir, pasan a ser opciones positivas que permiten construir la autonomía personal.

La ciudad nos enseña prácticas de indiferencia social útiles para civilizar el espacio digital
En Francia ha habido recientemente un debate en el que se ponía en cuestión que estar conectado veinticuatro horas fuera bueno para los trabajadores; hay empresas californianas que envían a sus empleados a estancias para curar su exceso de conectividad; se da el caso también de empresas que han prohibido todo correo profesional a partir de cierta hora y durante los fines de semana. Me da la impresión de que estar desconectado es algo que va poco a poco perdiendo algunas de sus connotaciones negativas, que ya no designa una deficiencia comunicativa sino una práctica voluntaria que puede ser beneficiosa. Tal vez ilustre este cambio de valores el hecho cotidiano de que las vacaciones se hayan convertido para muchos en algo que ponemos bajo la metáfora del “desconectar”.

Las estrategias para desconectar pueden agruparse en las de tipo temporal o espacial, según sea la dimensión en que se realizan. Las desconexiones temporales tienen que ver con la recuperación de un tiempo propio en el que el individuo pueda encontrar sus propios ritmos, el sentido de la duración y de la espera, de la reflexión y la atención. Se basan en el descubrimiento, tras décadas de sumisión a la prisa, de que los tiempos propios (de la reflexión, la distancia y la maduración) son fundamentales para construirse a sí mismo como sujeto. A veces basta con adquirir hábitos elementales como no contestar inmediatamente o ralentizar el trabajo. Desconectar, en este sentido, no tiene por qué significar salirse del tiempo sino encontrar el propio ritmo y no dejarse imponer unas aceleraciones que son discriminatorias, que no se corresponden con el tiempo que nos caracteriza íntimamente o con el propio de nuestro modo de trabajar (como las exigencias de rentabilidad a los saberes humanísticos, por ejemplo, o un criterio de innovación tomado de las ciencias naturales).

Las estrategias de desconexión espacial consisten en un placer inédito para nuestros antepasados: “La felicidad de estar ilocalizable” (Miriam Meckel). Se trata de salir de un ámbito en el que rige el ideal —que termina convirtiéndose en obligación— de transparencia o de reivindicar el derecho a no estar geolocalizable, interrumpiendo dicha función en nuestros móviles y ordenadores.

Hay empresas californianas que envían a sus empleados a curar su exceso de conectividad
De hecho, nuestros dispositivos desarrollan cada vez más estas posibilidades de desconexión. Del mismo modo que los coches tienen la posibilidad de desconectar el sistema de conducción asistida o los fusibles saltan en nuestras casas cuando la intensidad eléctrica es excesiva, ya existen aplicaciones que bloquean la tentación de las redes sociales como AntiSocial, Afirewall o SelfControl cuando uno quiere no ser interrumpido y pretende aislarse para trabajar durante un tiempo. Igualmente hay filtros cada vez más sofisticados para proteger a los niños en el espacio abierto de Internet. Cabe mencionar en este sentido, como un movimiento contrario al frenesí expresivo de las redes sociales, movimientos como Anonymous, que reflejan el deseo de despersonalizar ciertas intervenciones en la Red. O pensemos, sin ánimo de hacer la lista exhaustiva, en el hecho de que la seguridad de las comunicaciones tiene que ver con soluciones que dificultan la accesibilidad a cualquiera, es decir, con estrategias para limitar la conectividad.

¿Cómo equilibrar las ventajas de estar conectado con la libertad de no estarlo siempre ni absolutamente? Propongo pensarlo mediante una analogía con la ciudad y plantearnos como objetivo urbanizar el espacio digital. Los grandes teóricos de la vida urbana (como Simmel, Bahrdt o Goffman), a contracorriente del tópico que exaltaba la cercanía y autenticidad de los pequeños enclaves comunitarios, subrayaron el anonimato que hacían posible las grandes ciudades, la libertad frente al control, la indiferencia generalizada, una cierta desatención, esa combinación de relaciones y privacidad, donde uno puede decidir qué aspecto de la propia personalidad desvela u oculta a los demás. El sociólogo alemán Georg Simmel dijo algo acerca de la ciudad moderna que podría sernos muy útil a la hora de pensar el tipo de interacción que debemos construir con las redes sociales. Llamó la atención sobre el hecho de que las ciudades son formas “débiles” de comunidad y comunicación, en las que es posible una cierta indiferencia frente a las múltiples ofertas de interacción. A diferencia de lo que ocurre en el mundo rural, en ellas no es obligatorio saludar a todo el mundo, ni comprar a todos los que nos ofrecen algo, ni considerar como un desprecio que no se fijen en nosotros. En la ciudad es posible ignorar a otros y disfrutar la libertad del ser ignorado por otros, el derecho a la no intromisión, a no ser juzgado.

La ciudad nos enseña muchas prácticas de indiferencia social que pueden ser de gran utilidad para civilizar el espacio digital. La experiencia de la distancia urbana podría ser un modelo para pensar de qué modo disfrutar de las posibilidades de interacción que nos ofrecen las TICs sin renunciar a las diversas formas de libertad que sólo pueden disfrutarse mediante una práctica de desconexión.

En un mundo en el que la inmediatez y la vecindad son lo habitual, resulta imperativo recuperar el sentido de la distancia como algo que uno debe procurarse para ralentizar el ritmo de la comunicación y la decisión, para sustraerse a la influencia de las opiniones ajenas y pensar por cuenta propia, para decidir uno mismo en su propio espacio y con su propio tiempo. Si en el pasado la distancia era un obstáculo para muchas cosas, hoy es un instrumento que facilita la autonomía personal.

DANIEL INNERARITY

La vida sin pausalogo-diario-el-pais
 Se nos exige estar conectados 24 horas al día. Y las consecuencias se dejan sentir en multitud de órdenes de la existencia
 'La libertad como desconexión', por DANIEL INNERARITY
 La vida sin pausa propia del capitalismo del siglo XXI provoca conflictos que son inseparables de las configuraciones del sueño y la vigilia, la iluminación y la oscuridad, la justicia y el terror. Genera indefensión y vulnerabilidad. La fórmula 24/7 [24 horas al día, siete días a la semana] sirve para evocar una constelación de poderosos procesos de nuestro mundo contemporáneo caracterizados por la actividad, la acumulación, la producción, las compras, la comunicación, el juego, o cualquier otra cosa, incesantes. Ya sea en el trabajo o en el tiempo libre, existe una imposibilidad cada vez mayor de hacer una pausa, de estar desconectado. 24/7 significa la imposición generalizada a la vida humana de una duración sin interrupciones, de un tiempo homogéneo que ya no transcurre.Trasciende al tiempo del reloj y se define por un principio de funcionamiento y operación continuos.

La vida sin pausa propia del capitalismo del siglo XXI provoca conflictos
24/7 significa que no hay intervalos de calma, silencio, o descanso y retiro. Igualmente importante es que se trata de una condición de exposición y visibilidad permanentes, un mundo iluminado ininterrumpidamente en el cual nada de lo íntimo puede permanecer oculto o en el ámbito privado. Es sinónimo de la implacable traducción a valor monetario de cualquier intervalo de tiempo posible o de cualquier relación social concebible, de hacer todos los elementos de nuestras vidas convertibles a los valores del mercado. La mayoría de los motores básicos de la vida humana —el hambre, la sed, el deseo sexual, y, desde hace poco, la necesidad de amistad— han sido transformados artificialmente en formas mercantilizadas o financializadas. Sin embargo, la gran excepción es el sueño. El sueño, en cambio, representa esa parte de las necesidades humanas y de los intervalos de tiempo que no pueden ser colonizados o conectados a una enorme máquina de obtener rentabilidad. Lo extraordinario del sueño en esta era es que de él no se puede extraer absolutamente ningún valor monetario.

En su profunda inutilidad, su absoluta pasividad y su inmensa pérdida de tiempo de producción y consumo, el sueño entrará siempre en colisión con las exigencias de un universo 24/7. La gran parte de nuestras vidas que pasamos dormidos, liberados de tener que satisfacer mecánicamente la proliferación de falsas necesidades, es uno de los grandes desafíos humanos a la voracidad del capitalismo contemporáneo. El sueño es una interrupción intransigente del robo de nuestro tiempo por parte del capitalismo. Nuestro actual sistema económico mundial de mercados 24/7 y de producción y consumo incesantes es fundamentalmente incompatible con la pausa de inactividad del sueño humano. Para mí, es una fuente de optimismo que haya un intervalo en el tiempo humano que sea imposible de conquistar en la práctica por la lógica del mercado y de otras fuerzas de control. El sueño puede sufrir perjuicios o mermas a causa de esa vida sin pausa inducida por las nuevas tecnologías y la globalización, pero nunca podrá ser totalmente colonizado o racionalizado. Ahora nuestra meta debería consistir en concentrarnos en otros espacios y actividades que necesiten ser defendidos de su traducción en valor financiero, ya sea en el lugar de trabajo, en el medio ambiente, en la educación, en la agricultura o en muchas otras áreas en crisis.

El sistema 24/7 ha suplantado la mayor parte de las notas distintivas rítmicas y periódicas de la vida humana que florecieron durante miles de años. Connota un esquema arbitrario y rígido de la semana, privado de la variopinta indeterminación de la experiencia vital. Como señalaba al principio, muchas instituciones del mundo desarrollado llevan décadas funcionando 24 horas al día siete días a la semana, sobre todo desde la implantación de las comunicaciones por satélite. Pero no ha sido hasta hace poco, en los últimos 10 o 15 años, cuando la elaboración de la propia identidad personal y social está siendo reorganizada para adaptarla al funcionamiento ininterrumpido de los mercados, las redes de información y otros sistemas.

El tiempo para el descanso es demasiado caro para ser posible en la actual economía global

Un entorno 24/7 tiene la apariencia de un mundo social, pero en realidad es un modelo no social de conducta maquinal y una suspensión del acto de vivir que encubre el coste humano exigido para sostener su efectividad. Se debe distinguir de lo que Georg Lukács y otros definieron a principios del siglo XX como el tiempo vacío y homogéneo de la modernidad, el tiempo métrico o de calendario de los países, de las finanzas o de la industria, del cual estaban excluidas las esperanzas o los proyectos de los individuos o de la clase trabajadora. La novedad es el abandono generalizado de todo fingimiento de que el tiempo va unido a cualquier proyecto a largo plazo, incluso a fantasías de “progreso” o desarrollo. Un mundo sin sombras, iluminado 24 horas al día siete días a la semana, es el sueño capitalista final de la poshistoria, en la que la alteridad que constituye el motor del cambio histórico ha sido suprimida.

24/7 es un tiempo de indiferencia, frente a la cual quedan al desnudo la fragilidad y la precariedad de la vida humana, y en el que el sueño no es necesario ni inevitable. Con respecto al trabajo, hace verosímil, incluso normal, la idea de trabajar sin pausa, sin límite. 24/7 está alineado con lo inanimado, lo inerte o lo exento de envejecer. Como una exhortación publicitaria, proclama la disponibilidad absoluta, y por lo tanto, las necesidades ininterrumpidas y la incitación a ellas, pero también su insatisfacción perpetua. La ausencia de restricciones al consumo no es simplemente temporal. Hace tiempo que dejamos atrás la época en la que se acumulaban principalmente cosas. En la actualidad nuestros cuerpos y nuestras identidades asimilan una sobrecarga en continua expansión de servicios, imágenes, procedimientos o substancias químicas hasta un límite maligno o, a menudo, fatal. La supervivencia a largo plazo del individuo es cada vez más prescindible a tenor del abandono del Estado de bienestar, así como de cualquier forma de capitalismo mitigada o controlada. Se rechaza la necesidad de cualquier intermedio de pausa o quietud. El tiempo para el descanso, la salud o el bienestar es sencillamente demasiado caro para ser posible dentro de la actual economía global.

De forma similar, el sistema 24/7 es inseparable de la catástrofe medioambiental por su declaración de gasto permanente, de derroche infinito con la consiguiente alteración terminal de los ciclos de día y noche y de las estaciones de los cuales depende la integridad ecológica. Un rasgo destacado del mundo actual es la irrelevancia de cualquier noción de preservación o conservación. Tomemos el ejemplo de la incalculablemente valiosa selva del Yasuní, en Ecuador, hogar de poblaciones indígenas, pero también con un subsuelo rico en petróleo. Cuando el Gobierno planteó que no se llevarían a cabo perforaciones si se lograba reunir un fondo mundial de tan solo 3.000 millones de dólares (2.644 millones de euros) para compensar el sacrificio de los ingresos del petróleo, las instituciones más ricas del planeta apenas fueron capaces de prometer unos pocos millones.

La lección es que si en algún sitio hay recursos de cualquier clase de los que apropiarse o que explotar, tarde o temprano serán apropiados o explotados. Actualmente, en todo el planeta está teniendo lugar una frenética orgía ininterrumpida de saqueo y acumulación, ya sea la fracturación hidráulica, la minería del carbón, la perforación submarina, la agroindustria, el refinado tóxico de minerales o la contaminación de los océanos y los ríos. La lógica de esta expropiación de recursos exige que prosiga sin cesar, de la mañana a la noche, 24 horas al día siete días a la semana, sin dar tiempo a la regeneración de los sistemas vivientes y de los entornos. Tendemos a pensar que hemos entrado en una nueva era de mundos desmaterializados y virtuales de redes digitales, robótica y nanotecnología, pero la fuerza motriz que hay detrás del capitalismo del siglo XXI sigue siendo el expolio de las materias primas de la Tierra. E, inevitablemente, los inmensos proyectos de extracción de recursos que saquean el suelo y el agua son posibles con la intervención de la violencia militar y las formas represivas de poder político. Como ya sabemos, aunque prefiramos no pensar en ello, los dispositivos digitales que nos requieren 24 horas al día siete días a la semana y que definen quiénes somos, no podrían existir sin la expropiación destructiva y letal de la riqueza mineral del Sur global.

Pero también insisto en que las temporalidades sin pausa son corrosivas para el tejido de la vida social y la sociedad civil. Al fomentar una cultura vacía de autopromoción y autoabsorción, las tecnologías 24/7 perpetúan la ilusión de un tiempo sin espera, de una instantaneidad a demanda, de adquirir y tener manteniéndose aislado de la presencia física de otros y de cualquier sentido de la responsabilidad que esta pueda conllevar. El sistema 24/7 también mina la paciencia y la deferencia individuales que son cruciales para cualquier forma de democracia directa: la paciencia de escuchar a los otros y de esperar a que llegue el turno para hablar. El problema de esperar, de intervenir por turnos, está ligado a una incompatibilidad más amplia del capitalismo del 24/7 con cualquier práctica social en la que intervengan el compartir, la reciprocidad o la cooperación. Para los partidos y los grupos de izquierdas, el concepto de “política por Internet” es un oxímoron desastroso. Puede que las plataformas de las redes sociales tengan el potencial algorítmico de movilizar a gran cantidad de personas en torno a un solo tema o a un acontecimiento único, pero son intrínsecamente incapaces de alimentar una comprensión vivida de la interdependencia humana o de las prácticas fortalecedoras de apoyo mutuo basadas en la comunidad.

Como nos dicen muchos famosos teóricos de la política, cualquier clase de resistencia eficaz supone inventar al mismo tiempo nuevas maneras de vivir. Y aquí viene la parte difícil: antes de que cualquier nueva forma de vida social pueda surgir siquiera de forma provisional, tiene que haber un replanteamiento radical de cuáles son nuestras necesidades, un redescubrimiento de cuáles son nuestros deseos. Esto significa dejar por completo de comprar lo que se nos dice que necesitamos, y repudiar del todo el papel de consumidores. Significa rechazar activamente la letalidad de la cultura del dinero y todas las imágenes y fantasías tóxicas de riqueza material que nos rodean. Para aquellos de nosotros que tengamos hijos, significa abandonar las expectativas imposibles y desesperadas de éxito profesional y económico que les imponemos, y proporcionarles en cambio visiones de un futuro habitable compartido colectivamente. Pero estas son tan solo las primeras de las tareas preliminares, una preparación rudimentaria para las luchas políticas reales que están teniendo lugar actualmente y para aquellas que no tardarán en extenderse por doquier, en medio de la intensificación de la catástrofe ecológica, la polarización económica y la guerra imperial.

Jonathan Crary es profesor de Historia de Arte Moderno en la Universidad de Columbia de Nueva York. 24/7, su último libro está editado por Ariel.
Traducción de News Clips.

 

Anuncios